Lo que me enseño mi abuela con su ejemplo en el exilio

Esther Julia Diaz Rius de Valencia (1918–2016)

El elogio de mi abuela del 29 de marzo de 2016 en la Iglesia de St. Raymond.

De parte de mi abuelo Paquito y nuestra familia entera, quiero darles las gracias a todos nuestros seres queridos que se han reunido hoy para recordar la memoria de mi querida abuela Esther Julia Valencia.

Mis dos madres — mi mama y mi abuela (Miami, 1983).

Les confieso que este no es un día fácil para nuestra familia por muchas razones. Hoy, hace cuatro meses que perdimos a mi madre. De cierta forma, me siento como que he perdido dos madres en muy poco tiempo. Una vivió a cumplir cincuenta y pico — y la otra casi doble. Sin embargo, las extraño a ambas como loco. Pero siento algún alivio sabiendo que las dos están descansando en paz y en muy buena compañía — juntas en la gloria del Señor.

Conocida en nuestra casa como Abi, Esther era un alma muy especial. No solo era mi abuela, sino también mi querida maestra de arte, historia, y baile. Creo que hablo por mis hermanas cuando digo que Abi nos enseñó a pintar antes de escribir y a bailar antes de caminar.

Nuestra querida familia frente la casa de mis abuelos (Miami 1983).

Cuando éramos niños, nos encantaba ir a su casa para festejar en su sala con la música de sus antiguos discos y casetes. Cada visita incluía una lección de pintura y dibujo — y dulces a escondidas de nuestros padres. Allí fue donde desarrollé mi amor por el arte clásico, la música del son, y los pastelitos de guayaba.

Comiendome los cachetes de mi abuela en Halloween (Miami 1983).

Nacida en la provincia de Las Villas, Abi tenía una gran pasión por su querida Cuba. Como descendiente del Padre de la Patria — Carlos Manuel de Céspedes, nos dio clases de historia cubana desde nuestra niñez y sembró en nosotros un gran orgullo por nuestras raíces. A los cinco años, tuve que memorizarme el himno cubano y los inolvidables Versos Sencillos del apóstol José Martí. Y fue a través de ella que nació mi devoción a la Virgencita de la Caridad del Cobre — nuestra querida patrona, Cachita.

El pulso que me dio mi abuela como recordatorio de la Virgencita de la Caridad del Cobre.

La vida de Abi no fue fácil — fue una vida de sacrificio pero siempre llena de mucha alegría y mucho amor. Durante su niñez, su padre Papaíto administraba un ingenio de azúcar donde nacieron Abi, sus cuatro hermanas y un hermano. Cuando se enfermó Papaíto, la familia se mudó a la ciudad de Sancti Spíritus en busca de más oportunidades. Desde allí, se mudaron de nuevo a La Habana para ofrecerles a los niños una mejor educación.

Mi abuela con sus hermanas Argelia, Minina, Maria, Zeida, su hermano Manolo y madre Mamaita.

Con tremendo talento artístico, tuvo la gran oportunidad de estudiar en la Escuela Nacional de Bellas Artes de San Alejandro. Después de graduarse, Abi se dedicó de noche a su amor por el arte como pintora — y de día, a su amor por la educación y los niños como maestra de primaria.

A los 29 años, una amiga la invito a una fiesta del 31 de diciembre organizada por un joven llamado Francisco “Paquito” Valencia. Fue en esa época que mi abuelo Paquito alcanzó su fama como gran organizador de fiestas. Creo que sus colegas del banco estarían de acuerdo conmigo.

La boda de mis abuelos (Cuba 1952)

Después de un romance que duró casi cinco años, la pareja se casó en 1952. Aunque no tuvieron hijos ellos mismo, adoptaron a mi padre Pancho después que falleció su madre Argelia — hermana de Esther. Criaron a mi padre con mucha ternura, como si fuera su propio hijo y le enseñaron lo que significa el amor incondicional.

En 1962, después de que la revolución cubana se declaró comunista, mis abuelos se exiliaron a los Estados Unidos en busca de libertad y oportunidad. Abi empezó trabajando en el campo recogiendo fresas en Homestead. Desde allí, pasó a trabajar en una factoría de ropa en Hialeah por casi 20 años hasta que se jubiló y se dedicó a criarnos.

Mis hermanas y yo con mi abuela (Miami 1991).

Lo que es casi incomprensible para mí y mis hermanas, es como ella pudo sacrificar sus sueños para que su futura familia tuviera una vida mejor. La ironía es que estudió para trabajar con sus manos — pintando y dibujando como solo ella podía. Sin embargo, terminó trabajando con sus manos — en el campo y la factoría para que sus nietos adoptados pudieran realizar sus propios sueños americanos en su patria adoptada de los EE.UU.

Por el sacrificio de mis abuelos, pudimos realizar nuestros sueños americanos —llegando hasta trabajar en la Casa Blanca por el Presidente de los EE.UU. (Washington 2012).

Por ese sacrificio, por ese amor incondicional y sin límites, le estaré siempre agradecido y me siento endeudado con ella y con mi abuelo. Sin ellos, no hubiéramos podido lograr lo que tenemos hoy en día. Es gracias a ellos que hemos podido realizar nuestros sueños — sin olvidarnos de nuestras raíces. Si no recordamos de dónde venimos, no sabremos adónde vamos — me decía.

Cuando llegó al exilio, siguió pintando y dibujando cada momento que tenía. Nuestras casas se han convertido en galerías permanentes con sus cuadros en las paredes como recordatorios de los paisajes que dejo en su querida islita.

Mi casa se ha convertido en galería permanente con los cuadros de mi abuela como recordatorios de los paisajes que dejo en su querida islita.

Después de jubilarse, se dedicó de nuevo a hacer vestidos, pero esta vez, para mis hermanas. Ellas eran sus muñecas, y mi abuela hacía por lo menos dos vestidos nuevos para cada ocasión importante. Hoy en día, los vestidos sobran para mi hija y cada uno sirve como un recordatorio de la talentosa bisabuela que tuvo.

Los vestidos sobran para mi hija y cada uno sirve como un recordatorio de la talentosa bisabuela que tuvo.

Como pareja, mis abuelos también me enseñaron del amor y como amar. Casados por casi 64 años y juntos como pareja por más de 69 años, no podían estar aparte uno del otro. Uno de los mejores ejemplos de esto fue hace unos años cuando los dos se enfermaron y estuvieron ingresados — por distintas razones. Abi tenía neumonía y Abu tenía que estar en observación por tener la presión baja. No podían estar en el mismo cuarto porque Abi lo podía contagiar. Pero pude convencer al hospital que los pusieran en el mismo piso para que se pudieran ver — y pa’ que fue aquello!

Mis abuelos eran un alma en dos cuerpos (Cuba 1950).

Esa noche no dormí. Yo pensaba pasar la mitad de la noche en un cuarto y la otra mitad en el otro. Pero apenas que uno se despertaba, me preguntaba dónde estaba el otro y que lo quería ver. Pasé la noche entera empujando en silla de rueda a Abi al cuarto de Abu mientras que Abu dormía — y viceversa. Cuando el sol salíó y los dos no podíamos dormir más, le pregunte a Abu como era posible estar casado por más de 60 años y me contesto: muy fácil, porque no podía imaginarlo de otra manera. Ellos eran un alma en dos cuerpos y así es el amor verdadero.

Abi, gracias por todo tu sacrificio, por todo lo que me enseñaste, y por tu ejemplo inolvidable. Te extrañaré y querré por siempre. Mándale mucho cariño de mi parte a mi mami y dile que todos nos veremos pronto.

Mi querida abuelita — que descanses en paz (Miami 2015).

@eMergeAmericas CEO, @BidenCancer Advisor; @RootsofHope cofounder; @Georgetown Senior Fellow; @ObamaWhiteHouse alum; father/son/husband/brother

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